Cambiando la mirada con la que hemos entendido la Disciplina

El fin último de la disciplina no es el castigo, es el aprendizaje. Los correctivos automáticos como castigos, restricciones o agresión física no son el mejor método para educar.

¿Por qué? porque tal vez se logre interrumpir una mala conducta, pero no necesariamente enseñar una habilidad para la vida.

La pataleta es una respuesta deseada, es el momento en el que vamos a modelar y desarrollar el cerebro de nuestros niños, en especial sus funciones ejecutivas. La pataleta es la manera como los niños comunican sus necesidades, pues su sistema nervioso no logra regularse. Durante la pataleta, el niño no puede utilizar sus palabras para expresar lo que necesita, está atrapado por su respuesta de supervivencia y necesita al adulto como regulador externo.

Una de las técnicas para conectar con nuestros niños, es la regulación emocional. Esta regulación emocional, parte de la premisa que los niños buscan un espejo para verse reflejados, y expresar sus emociones tal cual las sienten.

Para comenzar, primero como adultos tenemos que conectarnos con nuestro estado interno, sintiendo nuestro cuerpo, preguntándonos como estamos, y nombrar la emoción. Luego me acerco al niño y me agacho para queda a su nivel o debajo. Establezco contacto físico (si el niño lo permite) a través del tacto cálido y la presencia absoluta del adulto (el tacto físico libera endorfinas y reduce los niveles de cortisol). Para seguir, busco el contacto visual diciéndole: “NOTO que tus manos/ojos/hombros… están ASI” (y se hace la mímica). Es importante utilizar la palabra “NOTO” y “ASI”. Cuando nos mire, en ese momento el adulto RESPIRA. Agrego una intencionalidad POSITIVA a la conducta que el niño acaba de hacer, incluso cuando no sepa su intencionalidad. Puede que nos equivoquemos y esa no sea la razón real detrás de la conducta, pero por lo menos le estamos dando a nuestros niños la posibilidad de asociar sus acciones a una intención. “Tú querías salir al parque y nos tenemos que quedar en la casa, por eso estás frustrado” “Tú querías esa galleta y te dije que no, por eso estás enojado”. Nombra la emoción predominante y valida: “Estás frustrado, lo sé, puedo entenderlo, estoy contigo”.

Nuestra tarea no es calmarlo, la tarea es acompañar al niño a que transite ese malestar. No hay pataleta demasiado larga, hay un niño tomándose el tiempo que necesita para regularse.

La pataleta entonces es un llamado de amor, una petición de ayuda, y nunca debemos ignorar un hijo que nos necesita. Acompañar una pataleta no es ceder o ser indulgente, es ser un regulador externo que le muestra qué hacer con lo que está sintiendo.

Pamela Contreras Sánchez

Psicóloga

Colegio Alonso de Ercilla